Bien y mal, luz y oscuridad, amor y odio,
felicidad y sufrimiento. La inmensa mayoría de los seres humanos
nos debatimos en esta dualidad. Los que la viven a nivel inconsciente y
no se detienen a reflexionar en ello, están inmersos en una carrera
en la que tratan de evitar a toda costa los sentimientos de malestar. Distrayéndose
de múltiples formas, estas varían desde las más evidentemente
nocivas, como pueden ser las drogas, hasta las más fútiles
en apariencia, como es el consumo en todas sus variantes.
Los que no son conscientes de esta lucha
interior, suelen proyectar hacia el exterior el problema, por lo que suelen
pensar que la plena responsabilidad de su infelicidad y de todo lo que
les ocurre, normalmente es de su familia, su trabajo, la sociedad, la religión,
etc. Y aunque todos estos factores puedan tener su papel en el juego, la
única forma posible de salir de este batallar inconsciente de los
opuestos, es empezando a mirar hacia dentro. No se trata de culparnos a
nosotros mismos de todo lo que nos pasa, pues esto supondría irnos
hacia el otro extremo, pero sí de asumir nuestra responsabilidad
personal. Detrás del escapismo, la soledad, el malestar y el sufrimiento,
siempre se esconde una actitud inconsciente que necesitamos detectar y
comprender. Por muchas vueltas que demos y muchos parches que tratemos
de poner, nuestro bienestar depende exclusivamente del auto descubrimiento
y la auto comprensión.
Saturno es uno de los arquetipos más
significativos dentro del simbolismo astrológico, además
de ser el menos comprendido y el peor interpretado. Para la astrología
antigua era el “gran maléfico”, para los astrólogos con inclinaciones
más esotéricas es el “señor del karma”(que es algo
similar pero con una terminología más misteriosa y menos
siniestra). Sin embargo, gracias a la astrología psicológica
tenemos la oportunidad de poder comprender esta energía que es una
parte muy poderosa de nosotros mismos, de nuestro inconsciente individual.
Saturno representa a nuestra “sombra”, o lo que es lo mismo, esa parte
de nosotros que nos negamos a reconocer como propia porque nos parece vergonzosa,
negativa y fea. Es nuestra parte oscura que ha de ser enfrentada, porque
entre otras cosas es un área de la psique muy inmadura que necesitamos
aceptar y encarar, y sobre la que nos urge trabajar si queremos desarrollarnos
plenamente. Quizás, el título más acertado que ha
recibido este arquetipo es el de “guardián del umbral”, porque si
nos atrevemos a rasgar el velo y cruzar el portal que separa lo consciente
de la zona más oscura del inconsciente personal, el don conquistado
nos proporcionaría algo de inmenso valor como es la libertad interior.
Una libertad que nos abriría la capacidad de poder percibir con
mucha más claridad los acontecimientos de la vida, en vez de reaccionar
ciegamente ante ellos y fluctuar según su naturaleza.
Lo que denominamos como el “mal”, o en terminología
mística el “diablo”, no es sino el cúmulo de miedos, soledad
e ignorancia que nos llevan a buscar la felicidad por derroteros equivocados.
Además, esta es una búsqueda hacia la que hemos sido
conducidos y tenazmente empujados por una sociedad espiritualmente enferma,
condicionándonos a través de una oscura moral o un pseudo-dios
castigador. Todo ello como parte de una implacable maquinaria colectiva
que amenaza con la expulsión del paraíso celestial o la exclusión
del reino de los sentidos. Con todo este peso sobre las espaldas es necesaria
una gran dosis de rebeldía (que casi siempre surge con la presión
de una gran dosis de sufrimiento, principal faceta saturnina) para atreverse
a encarar y exteriorizar lo que casi todo el mundo minuciosamente
trata de ocultar.
En los mitos y cuentos de hadas se hallan
bellamente representadas grandes verdades. Tan grandes y tan sencillas
que nuestra sofisticada mentalidad adulta las suele pasar por alto.
En el cuento de “La Bella y la Bestia” podemos ver simbólicamente
representado el proceso alquímico que representa la figura saturnina.
Este relata la historia de un príncipe que por su propia carencia
de valores internos, se ve condenado a vivir encerrado en su fealdad, sumido
en una profunda tristeza y soledad (sentimientos que actualmente
denominamos depresivos), hasta que con el tiempo llega a desarrollar la
suficiente belleza interior como para poder romper el hechizo y recobrar
el brillo y esplendor con el que había nacido. Aunque temporalmente
lo tuviera que perder para poder crecer y madurar. En otros muchos cuentos
populares de diversas épocas y procedencias podemos ver la figura
del héroe (el arquetipo solar), este tiene que partir en busca del
dragón (Saturno) y liberar a la princesa (la conciencia) que está
en su poder. La lucha con el dragón es tan penosa como para cada
uno de nosotros enfrentarnos a nuestra propia cara oculta, pero merece
la pena recordar que la victoria del héroe implica alcanzar la integridad
psicológica además de disfrutar de los tesoros que el dragón
poseía en su cueva. Aquí encontramos otro símbolo
muy valioso asociado con el trabajo de maduración saturnino; detrás
de todo aquello que nos negamos a reconocer y enfrentar de nosotros mismos,
están sepultados preciosos potenciales en espera de ser descubiertos
y desarrollados.
Las difíciles experiencias que nos
tocan vivir de desengaño y aislamiento, astrológicamente
representadas por Saturno, el único y exclusivo sentido que tienen
es el de conducirnos hacia un proceso de despertar que nos lleve a crecer
y alcanzar la madurez. Una madurez que nos proporcione la tan ansiada felicidad
que todos de una forma u otra anhelamos y buscamos. Y un buen comienzo
para andar la senda hacia la que el principio saturnino nos conduce, es
poniendo mucha atención a los caminos alternativos que la verdadera
vida nos proporciona. Cuando ésta, dándonos una oportunidad,
se disfraza adoptando la forma de un muro que se nos pone delante.
Jesús Rosauro
Hernández
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